Protección de datos, figuras públicas y procesos electorales en Ecuador

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Por Carlos Vera Quintana

En Ecuador, como sucede frecuentemente en muchos países del mundo, estamos periódicamente involucrados en procesos de democracia participativa con campañas electorales relacionadas, de alto contenido comunicacional, largo alcance, gran dinámica y creatividad. Las campañas, como a todos nos consta, no se limitan exclusivamente a las propuestas de época electoral, a la trayectoria política, personal o profesional de los candidatos o a propuestas positivas de unos candidatos que puedan compararse con las de otros. Las campañas son una imprevisible combinación de recursos donde se pone de manifiesto el cuasi axioma de que “en política todo vale”.

La combinación de recursos incluye tanto los “trapos sucios” que el mismo entorno de un candidato pueda revelar, como aquellos recuerdos, sucesos, posiciones y/o exposiciones de los candidatos y su círculo cercano familiar, personal, político o profesional que de una u otra forma se considere, casi siempre en desmedro de alguien, que pueda influir en un electorado permanentemente influenciable y más aún alcanzable con la comunicación de la era digital a través de correos electrónicos, mensajes de datos de cualquier tipo, publicaciones en la red y por supuesto las redes sociales.

Se une a esto, una escasa o nula capacidad regulatoria de los entes electorales que, en un intento por elevar el nivel de las campañas y minimizar las campañas “sucias” acuden a todo tipo de recursos como los procesos de capacitación y formación política ciudadana, los pactos éticos, los compromisos sociales, los debates “de altura” y una variopinta cantidad de otras ingeniosas estrategias que no siempre surten el efecto deseado y menos en la era digital actual, donde el efecto viral de cualquier comunicación, si es considerada por el electorado como replicable, es incontenible, muy difícil de rastrear o de sancionar.

Protección de Datos de las figuras públicas

¿Cuando nos convertimos en figuras públicas? Esa parece ser la pregunta a responder para saber el momento en que nuestra figura, imagen, lo que comemos, vestimos, hacemos, o aquello que decimos, mostramos, visitamos e incluso nuestros datos íntimos, personales y personalísimos, se transformaron en simplemente públicos.

La metamorfosis hacia el personaje público parece no tener lógica y simplemente estaremos en esta posición una vez que seamos considerados por quien quiera, como una muestra a exponer, un ejemplo a emular o no, una contradicción a mostrar o más sencillamente un rival a sacar de carrera.

Y cuando hablamos de carrera no estamos refiriéndonos simplemente a lo político electoral, objeto principal de esta declaración, sino a cualquier área en la cual alguien compita con alguien por cualquier posición social, económica, política, profesional, etc. Pero en el caso de los personales públicos, esta exposición es exponencialmente escalada pues ante él y contra él no solamente están los rivales directos, sino un público a menudo ávido de castigo, decepcionado de mentiras y falsas propuestas y decidido a no dejarse engañar por promesas “más falsas que de político en campaña”.

Demagogia, populismo y otros males de la democracia

Aunque suene lapidario, eso es lo que han sido la mayoría de democracias en el mundo. Aun las de aquellos países que se consideran “desarrollados” donde los temas propios no son las dádivas, las falsas o exagerada promesas de bienestar, empleo o satisfacción de necesidades, algunas artificialmente creadas, sino el enemigo externo, el terrorismo, los fundamentalismos y otras bien conocidos fantasmas que tienen el arte de crear, alrededor de un candidato-solución el necesario entorno para que resulte electo y que se usan con extraordinario efecto e impacto gracias al temor, la inseguridad o la simple publicidad mediática.

Estas falencias de la democracia han exacerbado la imaginación de los publicistas y hacedores de campaña que saben que pueden y deben (después de todo se trata simplemente de ganar una campaña… o no?) usar todo recurso para lograrlo, incluida la exposición indiscriminada de rumores, información verdadera a medias, errores de exposición o simplemente información que ellos consideren afectará al rival, sin que en este proceso cuenten los “efectos colaterales” que se ocasionan al entorno familiar o de terceros que podrían verse afectados por una inadecuada o exagerado posicionamiento de esta información, ni del tipo de la misma (confidencial, personal, personalísima, íntima) o que se encuentre legal y hasta constitucionalmente protegida.

¿Existe la privacidad o la intimidad en época electoral?

La respuesta es simplemente no. Se pueden esgrimir mil y un argumentos a favor o en contra pero lo cierto es que en la práctica resulta imposible, incluso con auto regulación de por medio, garantizar que exista cierta información, información de cierta clase o perteneciente a determinado entorno, que no pueda ser difundida, cualquiera que sea el efecto que se piense conseguir o que en realidad se consiga.

Campañas electorales, redes sociales y exposición mediática

En época electoral el efecto viral de un rumor o de una noticia, mensaje, video, audio o cualquier tipo de mensaje que pueda afectarnos, es el más temido de los efectos. No existe nadie que no tenga algo de lo cual otra persona se pueda aprovechar para afectarlo y a su entorno más cercano.

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